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Louis Althusser: el filósofo que pensó en ser monje y terminó estrangulando a su mujer

En sus primeros años, Althusser se unió al movimiento de Jóvenes Estudiantes Cristianos y pensó en convertirse en monje.

Verdad revelada

Althusser escribió dos autobiografías. Curiosamente, en ninguna abordó en profundidad el tema de su cautiverio bajo dominio nazi, momento que quizá fuera el punto bisagra de sus depresiones.

La primera se llamó Los hechos y la escribió en 1975. Era un documento delirante y lúcido a la vez, lleno de sus fantasías. La segunda, fue la que más morbo despertó y se publicó en 1992, dos años después de su muerte. Bajo el título El porvenir es largo, la verdad era revelada por él mismo sobre la mañana fatal de su vida. Aquella en la que se convirtió en un asesino. Esas páginas constituían las memorias de una mente tan inteligente como peligrosa. Vamos a sus escritos:

He aquí la escena del homicidio tal y como lo viví. De pronto me veo levantado, en bata, al pie de la cama en mi apartamento de L’école Normale. Una luz gris de noviembre -era el domingo 16, hacia las nueve de la mañana- entra por la izquierda por una ventana alta (…) e ilumina los pies de mi cama.

Frente a mí: Hélène, tumbada de espaldas, también en bata. Sus caderas reposan sobre el borde de la cama, las piernas abandonadas sobre la moqueta del suelo. Arrodillado, muy cerca, inclinado sobre su cuerpo estoy dándole un masaje en el cuello. A menudo le doy masajes en silencio, en la nuca, la espalda y los riñones: aprendí la técnica de un camarada de cautiverio (…) Pero en esta ocasión, el masaje es en la parte delantera de su cuello.

Karl Marx
Muchos recuerdan a Althusser como “el último gran filósofo del marxismo” por haber acercado a toda una generación el pensamiento de Karl Marx.

Apoyo los dos pulgares en el hueco de la carne que bordea lo alto del esternón y voy llegando lentamente, un pulgar hacia la derecha, otro un poco sesgado hacia la izquierda, hasta la zona más dura encima de las orejas. El masaje es en V. Siento una gran fatiga muscular en los antebrazos: es verdad, dar masajes siempre me produce dolor en el antebrazo.

La cara de Hélène está inmóvil y serena, sus ojos abiertos miran el techo. Y, de repente, me sacude el terror: sus ojos están interminablemente fijos y, sobre todo, la punta de la lengua reposa, insólita y apacible, entre sus dientes y labios. Ciertamente, ya había visto muertos, pero en mi vida nunca había visto el rostro de una estrangulada. Y, no obstante, sé que es una estrangulada. Pero ¿cómo? Me levanto y grito: ¡He estrangulado a Hélène!.

Althusser busca a un médico y lo arrastra hasta su apartamento. Prosigue el relato:

Bajamos a toda prisa y henos aquí a los dos frente a Hélène. Sigue con los mismos ojos fijos y aquel poco de lengua entre los dientes y los labios. Étienne la ausculta: “No hay nada que hacer, es demasiado tarde”. Y yo: “Pero ¿no se la puede reanimar?”. “No”. Entonces Étienne me pide unos minutos y me deja solo.

(…) Las largas cortinas rojas desgarradas y a jirones cuelgan de los dos lados de la ventana, una de ellas, la de la derecha, totalmente contra el bajo de la cama. Vuelvo a ver a nuestro amigo Jacques Martin a quien, un día de agosto de 1964, encontraron muerto en su minúscula habitación del distrito XVI, tendido en la cama desde hacía varios días y con el largo tallo de una rosa escarlata sobre el pecho: un mensaje silencioso para los dos, que le apreciábamos desde hacía veinte años, en recuerdo de Beloyannis, un mensaje de ultratumba. Entonces cojo una de las estrechas partes desgarradas de la alta cortina roja y, sin romperla, la pongo sobre el pecho de Hélène, donde reposará sesgada, del saliente del hombro derecho hasta el seno izquierdo.

(…) Gravemente afectado (confusión mental, delirio onírico), yo no estaba en condiciones de aguantar la comparecencia ante una instancia pública; el juez de instrucción que me examinó no pudo sacarme una palabra.

althusser - el porvenir es largo
En “El porvenir es largo”, su segunda autobiografía, Althusser confiesa el crimen cometido contra su esposa.

Sobre la locura

Althusser se retuerce entre los conceptos de locura y enfermedad dando la impresión que los considera injustos.

(…) para la opinión de la calle, que una cierta prensa cultiva sin distinguir jamás la “locura” con sus estados agudos pero pasajeros, de la “enfermedad mental”, que es un destino, se tiene de entrada al loco por enfermo mental, y quien dice enfermo mental entiende evidentemente enfermo perpetuo y, como consecuencia, interminable e internado de por vida…

(…) Durante todo el tiempo en que está internado, el enfermo mental, salvo si consigue matarse, evidentemente continúa viviendo, pero en el aislamiento y el silencio del asilo. Bajo su losa sepulcral está como muerto para quienes no le visitan; pero ¿quién le visita? Y como no está verdaderamente muerto, como no ha anunciado, si es persona conocida, su muerte (la muerte de los desconocidos no cuenta), lentamente se transforma en una especie de “muerto viviente”, o más bien, ni muerto ni vivo, sin poder dar señales de vida, salvo a sus allegados o a los que se preocupan por él.

(…) Si hablo de esta extraña condición es porque la he vivido y, hasta cierto punto, la vivo aún hoy. Incluso después de liberado, al cabo de dos años de confinamiento psiquiátrico, soy, para una opinión que conoce mi nombre, un desaparecido. Ni muerto ni vivo, no sepultado aún pero “sin obra”, esa magnífica expresión de Foucault para designar la locura: desaparecido.

En otro párrafo sigue reflexionando:

Y si ocurre que el “loco” internado reaparece a plena luz, incluso con el aval de médicos competentes, he aquí a la opinión forzada a buscar y encontrar un compromiso entre esta evidencia inesperada pero muy molesta y el anterior escándalo del homicidio que despierta el retorno del criminal, que se dice y a quien se dice “curado” (…) ¿Es posible que el “loco”, haya vuelto a ser “normal”? Pero, si éste es el caso, ¿entonces no lo era ya en el momento del crimen?

Su vida fue un acertijo de creencias y dudas amasadas al calor de una mente brillante. Aun así no pudo escapar del perverso juego que pone en duda, cuando se comete un crimen, la salud mental. ¿Todo el que comete una locura es un enfermo mental? ¿La demencia pasajera anula la voluntad y nos convierte en algo que no deseamos? ¿O solo es la excusa que justifica el mal? ¿Podemos todos ser asesinos locos o locos asesinos? ¿Qué sustantivo va primero y qué adjetiva a qué? ¿Fue esa autobiografía la verdad o una manipulación? Pienso, luego existo… Mato, ¿luego pienso?

Nunca podremos saber lo que verdaderamente transitó los sótanos de su circuito cerebral.

Althusser terminó sus días porque así lo decidió su corazón, unilateralmente. Tenía 72 años y estaba en un asilo de ancianos. Desde que se había convertido en homicida, no veía la salida de su propio laberinto.

Si bien los noticieros repitieron en grandes titulares que había muerto “el último gran filósofo del marxismo”, resulta no menos cierto que el célebre pensador, el admirado profesor, podría ser reducido también a una horrenda palabra: femicida.

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