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Un recorrido entre el pasado aislado y los ecos de la occidentalización en “Las campanas del viejo Tokio”

Las campanas del viejo Tokio
“Las campanas del viejo Tokio” por Anna Sherman

Los gobernantes de Japón restringieron el contacto con el extranjero, durante más de 300 años, un casi aislamiento que fomentó una cultura notable y única que perdura hasta nuestros días y que se formó desde 1632 hasta 1854, en aquellos años los habitantes de Edo, más tarde conocida como Tokio, confiaban en las campañas públicas. Esto lo tiene muy presente la escritora estadounidense Anna Sherman, quién se encarga de vaciar su propia experiencia y cercanía con la cultura japonesa en su más reciente libro.

En “Las campanas del viejo Tokio”, la escritora relata su búsqueda de las campanas de Edo, explorando la ciudad de Tokio y sus habitantes y la relación individual y particular de la cultura japonesa, su la lengua con el tiempo, la tradición, la memoria, la impermanencia y la historia. La autora retrata la vivencia de sus viajes y la de su amistad con el propietario de una pequeña y exquisita cafetería, que eleva la preparación y el consumo de café a una forma de arte.

En este libro de memorias en cercanía con la cultura japonesa, editado bajo el sello editorial de Capitan Swing, la escritora estadounidense, sigue una serie de testimonios cautivadores, como el de una anciana recuerda haber escapado de las bombas incendiarias estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial; o el de un científico construye el reloj más preciso del mundo, un reloj que no perderá un segundo en cinco mil millones de años.

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Anna Sherman
“Las campanas del viejo Tokio” ´por Anna Sherman

En las 304 páginas, Anna Sherman reconstruye un ameno relato que transita entre el pasado y el presente de la capital japonesa, este título nace a partir de la admiración y la emoción que le genero a la autora conocer el libro “Las campanas del tiempo de Edo” del músico Hiroshi Yoshimura (1940-2003), un texto en el que dejó constancia de la desaparición del paisaje, no solo físico, sino también sonoro, de la que fuera Tokugawa (1603-1868), rebautizada después como Tokio.

“Las multitudes se reunían todos los veranos para escuchar el crujido de los brotes [de loto] que ondulaban en el estanque Shinobazu”. Hiroshi Yoshimura en “Las campanas del tiempo de Edo”.

En “Las campanas del viejo Tokio” se presenta como un recorrido fascinante de la ciudad de hoy y de ayer. Al tiempo que Sherman, hace una indagación en la singularidad de la cultura japonesa, la brutal occidentalización por la que atravesó y, al mismo tiempo, su resistencia a abandonar un espíritu forjado en el budismo y el sintoísmo. La narrativa del libro trascurre entre la crónica, lo histórico, los viajes y el reportaje periodístico.

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Grabado Japones
Grabado del siglo XIX que refleja el estanque Shinobazu, en Tokio, donde los ciudadanos se reunían para oír el crujido de los brotes de loto

— Sonó la campanada de las cinco, sus notas se extendieron por el parque Shiba. Todos los días, por toda la ciudad, los altavoces de Tokio emiten a las cinco en punto de la tarde lo que se llama el bōsai musen inalámbrico. Es la melodía de una nana interpretada con xilófono que pone a prueba el sistema de transmisión de emergencia de la ciudad. En todo Japón, las melodías varían, pero las emisoras de Tokio suelen tocar la misma canción: «Yūyake Koyake».— Escribe Anna Sherman en “Las campanas del viejo Tokio”.

Anna Sherman, hace de este relato un desfile de personajes japoneses, como monjes, artistas, investigadores y simples ciudadanos, quienes son los encargados de guiar el recorrido de la autora y reflejar lo que aún quedó arraigado en el aislamiento en que vivió Japón durante algo más de dos siglos. Entre las historias Sherman presenta el pasaje que vivieron los médicos del sogún tuvieron que aprender la medicina occidental a escondidas de manuales del comercio no autorizado.

La escritora da inició a este periplo histórico por la campana más antigua de Edo, esa de la que Yoshimura contaba en su relato y de la cual quedó maravillada por todo lo que representa para el pueblo japones. El artefacto y una de sus principales inspiraciones se encuentra aún en Nihonbashi, en la prisión de Kodemmachó, edificada en 1610, y Sherman dibuja ahora su ubicación en parque infantil, que se ubica provisionalmente en aquel territorio atormentado por ajusticiamientos y torturas.

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